No permitas que un mal momento te robe un buen día

Cómo recuperar tu paz cuando una situación amenaza con arruinarte el día.
Hace unos días estábamos comiendo en familia mientras uno de mis hijos hacía su tarea.
De pronto, comenzó a desesperarse. Decía que estaba muy estresado, que ya no quería continuar y que tenía ganas de romper toda la tarea.
¡Imagínate! Nosotros tratando de comer tranquilamente y él cada vez más alterado, gritando y expresando toda su frustración.
Al principio intenté mantener la calma, pero entre los gritos y la tensión del momento, comencé a sentirme angustiada. ¡Hasta me dolió el estómago!
Y justo cuando pensaba que la situación no podía ponerse más complicada, mi otro hijo me dice:
—Mamá, siento algo raro en el estómago… ¡como que yo también quiero romper la tarea!
¡Ay, no! Jajaja.
En ese momento pensé: ¡Esto ya se contagió!
Y aunque ahora me causa gracia recordarlo, aquella situación me hizo reflexionar sobre algo que nos sucede con mucha frecuencia.
¿Te ha pasado que estás teniendo un día maravilloso y, de pronto, el enojo, la frustración o la preocupación de alguien más terminan cambiando por completo tu estado de ánimo?
Quizá fue una discusión con tu pareja, un problema en el trabajo o simplemente alguien que te respondió de una manera que no esperabas.
O tal vez estabas disfrutando de un momento agradable cuando llegó alguien completamente alterado, ansioso o de mal humor y, sin darte cuenta, su estado emocional terminó cambiando el ambiente y afectando tu tranquilidad y la de los demás.
Lo curioso es que posiblemente aquella situación solo duró unos minutos. Sin embargo, dos o tres horas después seguimos pensando y enganchados en lo mismo.
La discusión terminó, pero seguimos molestos.
Los niños ya están jugando, pero nosotros continuamos angustiados.
El problema se resolvió, pero nuestra mente sigue repasando lo sucedido.
¿Cómo es posible que unos minutos difíciles tengan tanto poder sobre las otras veintitrés horas y cincuenta minutos de nuestro día?
Y quisiera preguntarte algo más:
¿Cuántos momentos hermosos hemos dejado de disfrutar porque emocionalmente seguimos atrapados en algo que ya pasó?

Cuando las emociones se contagian
¿Sabías que en psicología existe un fenómeno conocido como contagio emocional?
Se refiere a cómo las emociones de una persona pueden influir en las de quienes la rodean, muchas veces sin que nos demos cuenta.
Y eso fue precisamente lo que reconocí aquella tarde: la frustración de uno comenzó a influir en el ambiente de todos.
Pero aquí viene lo interesante.
Aunque la otra persona ya haya recuperado la calma, nosotros podemos continuar cargando con aquella emoción.
No siempre podemos controlar lo que sucede a nuestro alrededor ni evitar que las emociones de quienes amamos nos afecten.
Pero una cosa es acompañar a alguien en lo que siente y otra muy diferente es permitir que su emoción determine cómo viviremos el resto de nuestro día.
Las emociones de los demás pueden influir en nosotros, pero no tienen que dirigirnos.
Entonces, ¿cómo podemos desengancharnos de una situación difícil, recuperar nuestra paz y continuar disfrutando nuestro día?
De la paz de Dios al Dios de paz
Quiero llevarte a una enseñanza que encontramos en Filipenses 4. El apóstol Pablo escribió:
“No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús.” Filipenses 4:6-7 NTV
¡Qué hermosa respuesta!
Pablo no nos dice que esperemos a que todo esté perfecto para encontrar tranquilidad. Nos invita a llevar nuestras preocupaciones delante de Dios.
Y observa algo: esa paz promete guardar nuestros corazones y nuestros pensamientos.
Porque muchas veces el problema ya terminó, pero nuestros pensamientos siguen alimentando el malestar.
Unos versículos después Pablo nos invita a pensar lo siguiente:
“Concéntrense en todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo bello y todo lo admirable. Piensen en cosas excelentes y dignas de alabanza. No dejen de poner en práctica todo lo que aprendieron y recibieron de mí, todo lo que oyeron de mis labios y vieron que hice. Entonces el Dios de paz estará con ustedes.” Filipenses 4:8-9 NTV
¿Notaste algo?
Pablo comienza hablándonos de la paz de Dios y termina hablándonos del Dios de paz.
Entre ambas expresiones nos enseña qué hacer con nuestras preocupaciones, hacia dónde dirigir nuestros pensamientos y la importancia de poner en práctica lo aprendido.
Aquí encontramos una clave muy importante: llevar delante de Dios todo aquello que nos inquieta y aprender a redirigir nuestra mente cuando quiere quedarse atrapada en la frustración, la ira, el desasosiego o la ansiedad.
Pero para hacerlo, también necesitamos tomar una decisión: dejar de aferrarnos a lo que nos alteró y aprender a soltarlo en las manos de Dios.
A veces el problema no es solamente lo que ocurrió, sino que seguimos enganchados en nuestra mente.
Y es ahí donde la paz de Dios comienza a guardar nuestros pensamientos, mientras aprendemos a caminar de la mano del Dios de paz.

¿Cómo evitar que un mal momento te arruine el día?
Ahora que sabemos que podemos llevar nuestras preocupaciones delante de Dios y aprender a dirigir nuestros pensamientos, viene lo más importante: ponerlo en práctica.
Quiero compartirte tres pasos que podemos aplicar cuando una situación amenaza con robarnos la tranquilidad.
1. Reconoce lo que sientes y decide qué necesita una solución
Sentir enojo, tristeza, ansiedad ó frustración no está mal. El cuerpo está indicando algo, lo importante es reconocer esas emociones sin permitir que determinen todas nuestras decisiones.
Pregúntate:
¿Hay algo que realmente puedo hacer para resolver esta situación o solamente estoy reviviendo lo que sucedió?
Si necesitas conversar, pedir perdón, tomar una decisión o establecer un límite, hazlo con sabiduría.
Pero si por ahora no hay nada más que puedas hacer, date permiso de continuar.
2. Entrégale a Dios aquello que no puedes controlar
Quiero contarte qué hice yo aquel día.
Después de lo sucedido, intenté continuar con mis actividades como si nada hubiera pasado, pero por dentro seguía sintiéndome angustiada. ¿Cómo era posible que ese momento destruyera la tarde? Al final de cuentas yo era el adulto, y el era solo un niño.
Así que comencé a respirar profundamente, tratando de recuperar la calma, pero aquella sensación simplemente no desaparecía.
Entonces recordé un versículo bíblico: Filipenses.
Tomé mi celular, busqué el pasaje y lo leí varias veces. Después decidí apartarme un momento para estar con Dios.
Mi oración fue muy sencilla. Le dije algo así:
Señor, no quiero seguir sintiéndome de esta manera. Por más que intento soltar esta ansiedad, no puedo. Ayúdame a recuperar mi paz.
Y mientras oraba, sucedió algo hermoso.
No sé exactamente en qué momento ocurrió, pero de pronto me descubrí sonriendo.
La angustia había disminuido, el dolor de estómago se había ido y finalmente podía continuar con mi día.
La situación no había cambiado. Lo que había cambiado era cómo me sentía frente a ella.
Aquel día me elegí.
Me aparté durante cuarenta minutos para estar con Dios. No porque mis responsabilidades hubieran desaparecido ni porque mi familia dejara de necesitarme, sino porque comprendí que yo también necesitaba atención.
Aquellos cuarenta minutos no fueron tiempo perdido. Fueron tiempo invertido en recuperar mi paz.
Sé que no siempre podemos detenernos. Hay hijos que atender, compromisos que cumplir y responsabilidades que no pueden esperar.
Pero a veces estamos tan ocupados intentando continuar con todo que olvidamos preguntarnos cómo nos encontramos nosotros.
Y seguir haciendo nuestras actividades mientras por dentro estamos completamente alterados no siempre es lo mejor para nosotros ni para quienes nos rodean.
A veces, detenernos es precisamente lo que necesitamos para regresar con más paciencia, amor y bienestar.
Crear y amar a los demás también implica aprender a cuidar de nosotros mismos.
3. Decide hacia dónde dirigirás tus pensamientos
Aquí es donde Filipenses 4:8 cobra tanto sentido.
Pablo nos invita a dirigir nuestros pensamientos hacia aquello que es verdadero, justo, puro y amable.
Eso fue lo que comencé a hacer cuando dejé de repasar mentalmente lo sucedido y dirigí mi atención hacia la Palabra de Dios.
No se trataba de fingir que nada había pasado, sino de dejar de alimentar una emoción que ya estaba afectando mi bienestar.
La próxima vez que algo interrumpa tu tranquilidad, pregúntate:
¿Necesito seguir pensando en esto o puedo dirigir mi atención hacia aquello que me ayuda a recuperar la paz?
Quizá puedas respirar, salir a caminar, leer un pasaje de la Biblia o apartarte un momento para orar.
No siempre recuperaremos la calma inmediatamente, pero podemos aprender a reconocer cuándo necesitamos detenernos y buscar ayuda.
A veces, para continuar bien con nuestro día, primero necesitas detenerte un momento.
Todavía queda mucho día por disfrutar
Quizá hoy algo no salió como esperabas.
Alguien te lastimó, tus planes cambiaron o una situación familiar te dejó preocupado.
Quiero recordarte que aquello que viviste no tiene por qué definir todo lo que todavía puedes vivir.
No necesitas resolver absolutamente todo hoy.
Haz lo que te corresponde, entrégale a Dios lo que está fuera de tus manos y continúa.
Porque lo que pasó merece ser atendido, pero no necesariamente merece quedarse contigo todo el día.
Y la próxima vez que algo interrumpa tu tranquilidad, recuerda:
No puedo cambiar lo que sucedió hace diez minutos, pero sí puedo aprender a cuidar lo que ocupará mis pensamientos durante el resto del día.
No siempre puedes elegir lo que interrumpe tu paz, pero puedes aprender a no entregarle también el resto de tu día.
Oremos juntos
Señor Jesús:
Hoy quiero entregarte aquellas situaciones que continúan ocupando mis pensamientos y robándome la tranquilidad.
Ayúdame a reconocer mis emociones, a resolver con sabiduría lo que me corresponde y a soltar aquello que no puedo controlar.
Enséñame a cuidar mis pensamientos, a no depender del estado de ánimo de los demás para encontrar paz y a recordar que siempre puedo acudir a ti.
Que tu paz guarde mi corazón y mi mente, y que tu presencia me acompañe en cada momento de mi día.
En el nombre de Jesús. Amén.
Si esta palabra fue de bendición para tu vida, compártela con alguien que hoy necesite recuperar su tranquilidad. Quizá sea justo lo que necesita leer.
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Con cariño,
Arq. Tania Herrera y Cairo




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