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Cuando el corazón de una madre se rompe, Dios también lo ve

22 oct
5 min de lectura

El poder de las oraciones de una madre y el consuelo de Dios cuando la vida duele demasiado.



«Como madre que consuela a su hijo, así yo los consolaré a ustedes». Isaías 66:13

Hay dolores que una madre no puede explicar con palabras. Dolores que no se alivian con un consejo, que no desaparecen después de una noche de descanso y que ninguna persona puede resolver.


Hay madres que oran por la salud de sus hijos. Otras por su libertad, por su matrimonio, por su regreso a casa o por decisiones que quisieran poder evitarles.


Y también hay madres que ya no pueden pedir que sus hijos regresen, porque han tenido que despedirse de ellos.


En los últimos meses he tenido acercamientos con madres que han perdido a sus hijos en circunstancias profundamente dolorosas. Algunos fueron víctimas de la violencia y otros continúan desaparecidos.


He escuchado sus historias, he visto sus lágrimas y, en ocasiones, me he quedado sin palabras.


Pero hubo algo que me sorprendió profundamente: su manera de hablar de Dios.


Yo esperaba encontrar mujeres enojadas con Él, preguntándole por qué había permitido tanto sufrimiento. Sin embargo, algunas me compartieron palabras que transformaron mi manera de comprender la fe.


Una de ellas me dijo:

«Tengo dos opciones: seguir este camino sola o seguirlo de la mano de Dios. Prefiero recibir el consuelo de Dios».


Aquellas palabras se quedaron grabadas en mi corazón.


Han sido algunas de las lecciones de fe más grandes de mi vida. Y todavía no puedo recordarlas sin llorar.


Escuchándolas me pregunté:

¿Puede el dolor de una madre conmover el corazón de Dios?

¿Qué nos dice la Biblia sobre su consuelo?


1. Dios ve el dolor que una madre no puede explicar


En Lucas 7:11-15 encontramos una historia profundamente conmovedora.


Jesús se acercaba a una ciudad llamada Naín cuando se encontró con una multitud que acompañaba a una mujer que acababa de perder a su único hijo.


Además, aquella mujer era viuda.


Imagina por un momento su dolor. Había perdido a su esposo y ahora caminaba detrás del cuerpo de su hijo.

Pero entonces la Biblia nos dice algo extraordinario:


«Cuando el Señor la vio, su corazón rebosó de compasión. “No llores”, le dijo». Lucas 7:13

Observa algo muy importante:


Aquella madre no se acercó a Jesús para pedirle ayuda. No encontramos ninguna oración suya ni una declaración de fe.


Fue Jesús quien la vio, se compadeció de ella y decidió acercarse.


Después tocó el féretro, ordenó al joven levantarse y se lo entregó vivo a su madre.


¡Qué milagro tan maravilloso!


Pero hay algo que quiero destacar: antes de que ocurriera el milagro, Jesús ya se había conmovido por el dolor de aquella mujer.


Dios no necesita que encontremos las palabras perfectas para conocer nuestro sufrimiento.


2. Dios escucha las oraciones de una madre


En Mateo 15:21-28 encontramos a otra madre que acudió desesperadamente a Jesús.


Su hija estaba sufriendo terriblemente y aquella mujer estaba dispuesta a insistir hasta ser escuchada.


Al acercarse, le pidió que tuviera misericordia de ella, porque su hija estaba siendo atormentada.


¿Notaste algo?


No pidió solamente misericordia para su hija. La pidió para ella misma.


Porque cuando un hijo sufre, muchas veces una madre también siente ese dolor como propio.


Aunque al principio no recibió la respuesta que esperaba, aquella mujer perseveró. Finalmente, Jesús reconoció su fe y su hija fue sanada.


Esta historia nos recuerda que podemos acercarnos a Dios con nuestras preocupaciones más profundas, incluso cuando estamos desesperadas.


Sin embargo, la oración no es una garantía de que todo sucederá como esperamos.


A veces recibimos el milagro que pedimos. Otras veces las circunstancias no cambian y necesitamos que Dios nos sostenga para atravesarlas.


Y esto nos lleva a una tercera historia.


3. Dios no abandona a una madre cuando el desenlace es doloroso


María, la madre de Jesús, también conoció el sufrimiento de ver padecer a su hijo.


Estuvo junto a la cruz mientras Jesús era crucificado.


La Biblia no describe todos sus pensamientos ni cómo enfrentó aquel dolor, pero sí registra un detalle profundamente conmovedor.


Mientras Jesús estaba en la cruz, miró a su madre y al discípulo que amaba. Entonces encomendó a María al cuidado de aquel discípulo (Juan 19:25-27).


Incluso en medio de su propio sufrimiento, Jesús se preocupó por el bienestar de su madre.


Jesús no evitó que María atravesara aquel dolor, pero tampoco dejó de cuidar de ella.


Y esta historia nos ayuda a comprender algo que muchas veces resulta difícil aceptar:


Que Dios no haya impedido una situación que nos lastimó profundamente no significa que haya dejado de amarnos.


No tenemos respuestas para explicar cada tragedia, enfermedad o injusticia.


Pero sí conocemos esta hermosa promesa de Dios a su pueblo:

«Los consolaré allí, en Jerusalén, como una madre consuela a su hijo». Isaías 66:13

¡Qué comparación tan extraordinaria!


Dios utiliza la imagen de una madre consolando a su hijo para describir la ternura de su propio consuelo.

Y hay algo que me conmueve especialmente:


Una madre que ha pasado su vida consolando a sus hijos también necesita, en ocasiones, que alguien la consuele a ella.


Cuando no encontramos respuestas


Quizá una de las preguntas más difíciles que una madre puede hacerle a Dios es:

«Señor, ¿dónde estabas cuando mi hijo estaba sufriendo?».


No pretendo tener una respuesta que explique todos los sufrimientos de la vida.


Pero sí quiero compartirte algo que encontré en estas historias: Jesús sabe lo que significa mirar a una madre que sufre, y su corazón no es indiferente a su dolor.


Hoy pienso en aquellas mujeres que, aun con el corazón desgarrado, han decidido continuar tomadas de la mano de Dios.


Pero también pienso en las madres que sienten enojo, que no pueden orar, que siguen preguntándose por qué y que apenas encuentran fuerzas para levantarse cada mañana.


Quiero decirles algo:

No necesitan ocultar sus lágrimas delante de Dios. No necesitan aparentar fortaleza, comprender lo que ocurrió ni tener todas las respuestas para acercarte a Él.


Puedes llevarle tu tristeza, tus preguntas y hasta tu silencio.


Y cuando no podemos cambiar lo que ocurrió, podemos pedirle que su consuelo nos alcance incluso allí.


Hoy quiero pedirte algo especial


Antes de terminar este devocional, quisiera que hiciéramos algo juntos.


Quizá hoy abrazaste a tus hijos, escuchaste sus voces o compartiste con ellos momentos que parecen cotidianos.


Pero en alguna parte del mundo hay una madre que daría todo por volver a vivir uno de esos instantes.


Hay madres que han perdido a sus hijos, otras que siguen buscándolos y muchas que enfrentan una ausencia que ninguna palabra puede describir.


La Biblia nos enseña:

«Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran». Romanos 12:15

Hoy quisiera que, sin importar en qué ciudad o país nos encontremos, nos uniéramos en una misma oración por todas esas madres.


Que por un momento dejemos a un lado nuestras preocupaciones y pongamos delante de Dios sus corazones.


No podemos cambiar sus historias, pero sí podemos acompañarlas con nuestras oraciones, nuestro amor y nuestra presencia.


Que ninguna madre tenga que atravesar su dolor sintiéndose completamente sola.


Oremos juntos


Padre celestial:

Hoy nos unimos en oración por todas las madres que están sufriendo por sus hijos.


Tú conoces sus nombres, sus historias, sus lágrimas y las preguntas que todavía no encuentran respuesta.


Señor, hay dolores para los que nuestras palabras no alcanzan. Por eso te pedimos que tu presencia llegue hasta donde nosotros no podemos llegar.


Abraza a las madres que han perdido a sus hijos. Sostén a quienes siguen buscándolos. Fortalece a aquellas que cada mañana intentan encontrar fuerzas para continuar.


Que puedan experimentar tu amor, tu compañía y ese consuelo que solamente tú puedes dar.


Y a nosotros, enséñanos a llorar con quienes lloran, a escuchar sin juzgar, a acompañar con amor y a no olvidarnos de ellas en nuestras oraciones.


En el nombre de Jesús.

Amén.


Si esta palabra tocó tu corazón, compártela. Quizá llegue a una madre que hoy necesita recordar que Dios también ve sus lágrimas.

Con cariño,


Tania Herrera y Cairo

Fe para la Vida Real


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