¿Hay algo imposible para Dios? Cómo confiar cuando Dios guarda silencio 📖
Si hoy sientes que Dios guarda silencio y las respuestas no llegan, este devocional te ayudará a descubrir cómo seguir confiando mientras esperas, descansando en el carácter de un Dios para quien nada es imposible.

¿Alguna vez has sentido que Dios guarda silencio?
Hay temporadas en las que la fe también se cansa.
No porque hayas dejado de creer en Dios, sino porque llevas tanto tiempo esperando que algo cambie, que las fuerzas simplemente ya no alcanzan.
¿Qué haces cuando ya no sabes qué más hacer?
Sigues orando, sigues trabajando y sigues confiando, pero llega un punto en el que uno quisiera despertar una mañana y decir: "Ya pasó… ya lo logramos".
Quizá hoy estás viviendo algo parecido.
Tal vez estás luchando con un problema financiero del que no encuentras salida.
Quizá tu matrimonio atraviesa uno de los momentos más difíciles, o tienes un hijo que te roba el sueño.
Puede ser que estés levantando una empresa, sirviendo en un ministerio o enfrentando una enfermedad que parece no terminar. Has hecho todo lo que estaba en tus manos.
Has orado, buscado consejo, intentado una y otra vez… pero la respuesta sigue sin llegar.
Y entonces comienzan a aparecer preguntas que casi nadie se atreve a decir en voz alta.
«¿Dónde estás, Dios?»
«¿Hasta cuándo?»
«¿Por qué guardas silencio?»
Lo más difícil de esas temporadas no siempre es el problema.
Lo más difícil es seguir esperando cuando pareciera que Dios está en silencio.
Mientras escribía este devocional me di cuenta de algo: estaba escribiendo exactamente el mensaje que yo misma necesitaba leer.
Cuando esperar se convierte en una prueba de Fe
Porque yo también sigo esperando respuestas.
Hay oraciones que todavía no han sido contestadas.
Hay noches en las que mi cuerpo se tensa del cansancio y mi mente no deja de pensar en aquello que todavía no se resuelve.
A veces quisiera abrir los ojos y descubrir que todo aquello por lo que he estado orando durante tanto tiempo, por fin sucedió.
Por eso este devocional no nace de una respuesta que ya recibí.
Nace de una conversación que sigo teniendo con Dios.
Y mientras Él iba acomodando todo esto en mi corazón, entendí algo.
Pensé: si Dios me está enseñando esto a mí, quizá también pueda servirte a ti.
En una de esas oraciones, mientras yo también le preguntaba a Dios por qué algunas respuestas parecían tardar tanto, Él llevó mi corazón al libro de Jeremías.
La historia de Jeremías y el Dios de los imposibles

Jeremías era un hombre a quien Dios había llamado para anunciar Su mensaje en tiempos muy difíciles.
La ciudad donde vivía, Jerusalén, estaba rodeada por un ejército enemigo.
Todo indicaba que la ciudad sería conquistada y que las personas perderían sus casas, sus tierras y su futuro.
Humanamente, ya no había esperanza.
Y fue precisamente en medio de esa crisis cuando Dios le pidió hacer algo que parecía completamente ilógico: comprar un terreno.
Imagínate la escena.
¿Quién compra una propiedad cuando todo parece estar a punto de perderse?
Sería una locura, lo lógico habría sido intentar sobrevivir, no invertir en un lugar que, aparentemente, dejaría de pertenecerles.
Pero Dios estaba viendo una historia que Jeremías todavía no alcanzaba a comprender.
Aunque no entendía por qué Dios le estaba pidiendo comprar aquel terreno, decidió obedecer.
Después hizo lo que probablemente tú y yo también habríamos hecho: fue a orar.
Esperaba que Dios le explicara por qué le había pedido hacer algo que no tenía sentido y cómo pensaba hacer posible lo que, para Jeremías, ya parecía imposible.
Sin embargo, Dios no comenzó respondiendo sus preguntas.
Antes de hablarle de las circunstancias, decidió recordarle quién era Él.
Entonces pronunció una de las preguntas más poderosas de toda la Biblia:
«Yo soy el Señor, Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo imposible para mí?» Jeremías 32:27
Y pensé: ¿Cuántas veces nosotros también damos algo por imposible?
Pensamos que un matrimonio ya no tiene solución, que una enfermedad nunca cambiará, que una deuda es demasiado grande, que un hijo jamás regresará a Dios o que nuestra historia ya no puede ser restaurada.
Hasta ese momento entendí que Dios no estaba intentando responder todas mis preguntas. Estaba haciendo algo mucho más profundo: fortalecer mi confianza en Él.
Porque cuando conocemos el carácter de Dios, aprendemos a descansar aun cuando todavía no entendemos Sus caminos.
Los milagros tienen un tiempo, pero el carácter de Dios nunca cambia.
Mientras seguía reflexionando en esa respuesta, me di cuenta de que Jeremías no era la única persona a la que Dios había guiado de esa manera.
A lo largo de toda la Biblia encontré un mismo patrón: cuando parecía que Dios guardaba silencio, en realidad estaba preparando algo mucho más grande de lo que las personas alcanzaban a ver.
Y entonces recordé el momento en que, aparentemente, el cielo guardó el silencio más doloroso de toda la historia.
Jesús y el silencio más doloroso de la historia
Horas antes de ser crucificado, Jesús sabía perfectamente lo que estaba por suceder. Sabía que sería traicionado, golpeado y llevado a la cruz.
La Biblia dice que la angustia que experimentó fue tan profunda que su sudor era como grandes gotas de sangre.
En medio de ese dolor, abrió su corazón delante del Padre y le dijo: «Padre, si es posible, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Siempre me ha conmovido esa oración porque nos recuerda que Jesús también sintió el peso del sufrimiento.
Él no fingió que todo estaba bien.
No escondió su dolor.
Lloró, tuvo angustia y expresó lo que había en su corazón.
Sin embargo, al final decidió confiar en la voluntad del Padre, aun cuando no alcanzaba a ver todo lo que estaba ocurriendo.
Horas más tarde, mientras colgaba de la cruz, pronunció unas palabras que todavía estremecen el corazón: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?».
Humanamente, parecía que todo había terminado.
Los discípulos estaban dispersos, llenos de miedo y convencidos de que habían perdido al Maestro.
Aquella cruz no parecía el comienzo de una victoria, sino el final de toda esperanza.
Pero fue precisamente en ese momento cuando Dios estaba haciendo el milagro más grande de la historia.
Mientras todos veían derrota, Dios estaba abriendo el camino para reconciliar a la humanidad con Él.
En esa cruz, Jesús estaba cargando nuestro pecado, venciendo la muerte y preparando el camino para que tú y yo pudiéramos tener una nueva vida y una relación eterna con el Padre.
Eso cambió por completo mi manera de ver el silencio de Dios.
El silencio de Dios no significa que está ausente

Comprendí que el silencio de Dios nunca significa que Él esté ausente.
Muchas veces significa que está obrando de una manera que todavía no alcanzamos a comprender.
Nosotros vemos un momento; Dios ve la historia completa.
Nosotros vemos una puerta cerrada; Dios ya está preparando el camino que hay detrás de ella.
Fue entonces cuando mi mente dejó de estar puesta únicamente en el tamaño de mi problema y volvió a contemplar el tamaño de mi Dios.
El mismo Dios que abrió el mar cuando parecía no haber salida.
El mismo Dios que resucitó a Lázaro después de cuatro días de haber muerto.
El mismo Dios que levantó a Jesús de entre los muertos y venció para siempre el poder de la muerte.
Si Él sigue siendo el mismo, entonces también sigue teniendo el poder para obrar en medio de tu historia y de la mía.
Confieso que esta verdad también ha sostenido mi corazón en los últimos meses.
No porque todas mis preguntas hayan sido respondidas, sino porque Dios ha ido transformando la manera en la que espero.
Poco a poco me ha enseñado que mi paz no puede depender de que todo salga como yo imagino o planifico; mi paz tiene que descansar en quién es Él.
Hace algún tiempo, mientras oraba por mi empresa de diseño de interiores, Dos Tintas Interiorismo, le dije al Señor algo que salió de lo más profundo de mi corazón:
"Si esta empresa no proviene de Ti, quítamela. No quiero dedicar mi vida a construir algo que no haya nacido en Tu corazón. Pero si este proyecto viene de Ti, necesito que me lo confirmes".
Recuerdo que hice una petición muy específica.
Le pedí una señal con ciertas características y puse una fecha delante de Dios.
No estaba buscando un resultado económico; estaba buscando la paz de saber que seguía caminando en el propósito que Él tenía para mi vida.
Cuando llegó ese día, Dios respondió exactamente de la manera en que se lo había pedido. Y no solo eso, respondió de una forma mucho más generosa de lo que yo esperaba.
En ese momento entendí que Él seguía guiando este proyecto y que, aun cuando yo pensaba que guardaba silencio, en realidad había estado obrando todo el tiempo.
¿Sabes qué fue lo que más me impactó?
No fue la respuesta en sí.
Lo que realmente transformó mi corazón fue darme cuenta de que Dios seguía escuchando mis oraciones.
Aquel día entendí que Él no había estado ausente; simplemente estaba trabajando mientras yo no podía verlo.
Las responsabilidades siguen ahí.
Los desafíos también.
Mi empresa sigue necesitando de mí, mi matrimonio también, y mis hijos requieren de mi tiempo, mi atención y mi corazón.
Hay días en los que vuelvo a sentirme al límite.
Pero algo dentro de mí cambió. Dios volvió a llenar mi corazón de esperanza para seguir caminando.
Ese día entendí que el primer milagro no siempre ocurre a nuestro alrededor. Muchas veces ocurre dentro de nosotros.
Porque a veces pensamos que un milagro consiste únicamente en que Dios cambie nuestras circunstancias.
Sin embargo, muchas veces el primer milagro ocurre dentro de nosotros.
Cómo confiar en Dios mientras esperas respuestas

Antes de cambiar el panorama, Dios fortalece el corazón de quien está atravesando la tormenta.
Quizá eso es exactamente lo que Él quiere hacer contigo hoy.
Quizá hoy tú también estás esperando una respuesta.
Tal vez llevas semanas, meses o incluso años orando por la misma situación.
Has hecho todo lo que estaba en tus manos y, aun así, pareciera que nada cambia.
Si ese es tu caso, no quiero dejarte una fórmula para resolver tus problemas.
Quiero dejarte una verdad a la cual puedas aferrarte mientras llega la respuesta.
No permitas que el silencio de una temporada te haga olvidar quién es Dios.
Porque el silencio nunca ha significado ausencia.
Si algo nos enseñan Jeremías y Jesús es que, aun cuando nosotros no entendemos lo que Dios está haciendo, Él continúa obrando.
Nosotros vemos el momento; Él contempla la historia completa.
Tal vez hoy tus ojos solo alcanzan a ver una puerta cerrada.
Sin embargo, Dios ya está viendo el camino que abrirá.
Y aunque hoy sientas que llegaste al límite de tus fuerzas, quizá ese sea precisamente el lugar donde Él quiere mostrarte que Su poder nunca ha dependido del tuyo.
No es el tamaño del problema lo que determina tu esperanza.
Es el tamaño del Dios en quien has decidido confiar.
Por eso hoy quiero dejarte la misma pregunta que Dios hizo hace tantos años:
¿Crees que hay algo imposible para Dios?
La respuesta sigue siendo la misma:
No.
“No hay nada imposible para Dios”.
Y aunque hoy tus ojos todavía no vean la respuesta, puedes descansar en esta verdad: tu esperanza no depende de que Dios responda hoy. Tu esperanza descansa en el carácter inmutable de un Dios que nunca cambia.
Oración para confiar en Dios en medio de la espera
Antes de terminar, me gustaría hacer una oración contigo.
Señor, hoy vengo delante de Ti con aquellas cargas que durante tanto tiempo he intentado sostener con mis propias fuerzas. Tú conoces mi corazón.
Conoces mis preguntas, mis miedos y también el cansancio que, en algunos momentos, siento tan profundo que ya no sé de dónde sacar fuerzas para seguir adelante.
Hoy decido rendirte nuevamente mi voluntad y confiar en que Tú sigues siendo el Dios de los imposibles.
Aunque todavía no vea la respuesta, quiero recordar quién eres.
Tú sigues siendo bueno, sigues siendo fiel y sigues siendo poderoso.
Ayúdame a descansar en Tu carácter y no solamente en aquello que espero recibir de Ti.
Fortalece mi corazón para seguir caminando y, cuando mis fuerzas se terminen, recuérdame que las Tuyas jamás se agotarán.
Gracias porque, aun en el silencio, Tú sigues obrando. Gracias porque nunca me has dejado sola y porque el milagro más grande no es únicamente cambiar mis circunstancias, sino transformar mi corazón para confiar más profundamente en Ti.
En el nombre de Jesús.
Amén.
Si mientras leías este devocional vino una persona a tu mente, no ignores ese pensamiento.
Quizá Dios quiera recordarle, por medio de estas palabras, que Él sigue obrando aunque hoy parezca guardar silencio. Compárteselo.
Con cariño, Tania.




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